Qué me pongo siempre me ha parecido una decisión más difícil para una mujer que para un hombre.
Estilo
clásico o moderno, falda o pantalón, vestido o traje, zapato plano o de
tacón. Después, por supuesto, los complementos, ese pequeño gran mundo
de posibilidades, combinaciones, colores y tamaños, desde los bolsos a
los pendientes, pasando por colgantes, broches y anillos. Me encantan
las pulseras, me las pondría todas a la vez. Pero taparía los tatuajes
de las muñecas y hoy los prefiero a cualquier adorno.
Más
cosas a tener en cuenta por ejemplo, si te decides a enseñar las
piernas, es el tono y opacidad de las medias, muy tupidas, medianamente
tupidas o poco, y si son color piel, más o menos pasada por el
ultravioleta.
Cuando
por fin estás ante el espejo y ya puede parecer que casi has terminado,
llega el momento del peinado y el maquillaje. Pelo suelto o recogido,
sombras y lápiz de ojos, rímel, colorete, barra de labios... Nunca he
sido gran fan de los correctores para la piel, esas masas pastosas que
unifican las caras en un mismo color sin poros, lunares ni marcas de
ningún tipo, como una muñeca feliz. Aunque siempre pudiendo elegir el
tono de marrón más o menos bronceado, a juego claro, con las medias.
Sin embargo, esta vez sí usaré un poco. Tengo la piel algo amarilla.
La
preparación del hombre en cambio, traje, camisa y una bonita corbata y
ya está listo para cualquier evento más o menos formal.
En
esta ocasión en particular, he elegido un vestido negro con pequeñas
flores rosas muy pálidas, abotonado en el centro y largo hasta la
rodilla. Al final he preferido la sencillez y dejar un poco de lado la
seriedad del asunto. Me siento más yo misma cuando lo llevo puesto y
siempre me ha dado cierta buena suerte, aunque ahora ya no sirva de
mucho.
Como
calzado, usaré las preciosas sandalias que me regaló mi hermana en mi
último cumpleaños. Después de todo, ya no tendré problemas para soportar
los tacones, porque estaré acostada todo el tiempo. Espero que al tomar
las medidas hayan dejado espacio suficiente en la parte de abajo, sino
tendré que ir descalza.
El
pelo, he optado por liso y suelto, como lo he llevado casi siempre,
como espero que me recuerde mi madre, por mucho que me dijera tantas
veces que me lo retirara de la cara pues "no hay peinado más bonito en
una mujer que una coleta", un pensamiento tan anticuado como falto de
verdad, según mi opinión.
Y
por último, un simple adorno, el anillo que me regaló Iago. Me lo llevo
conmigo aunque no nos haya dado tiempo a celebrar la boda por culpa de
la enfermedad. Es una pena que él se quede y yo me vaya. Ojalá hubiera
podido ser de otra manera. Pero no lo ha sido.
Y por fin, creo que ya estoy preparada para mi funeral.
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