domingo, 11 de noviembre de 2012

Y si todo fueran flores rosas

Qué me pongo siempre me ha parecido una decisión más difícil para una mujer que para un hombre.
Estilo clásico o moderno, falda o pantalón, vestido o traje, zapato plano o de tacón. Después, por supuesto, los complementos, ese pequeño gran mundo de posibilidades, combinaciones, colores y tamaños, desde los bolsos a los pendientes, pasando por colgantes, broches y anillos. Me encantan las pulseras, me las pondría todas a la vez. Pero taparía los tatuajes de las muñecas y hoy los prefiero a cualquier adorno.

Más cosas a tener en cuenta por ejemplo, si te decides a enseñar las piernas, es el tono y opacidad de las medias, muy tupidas, medianamente tupidas o poco, y si son color piel, más o menos pasada por el ultravioleta.
Cuando por fin estás ante el espejo y ya puede parecer que casi has terminado, llega el momento del peinado y el maquillaje. Pelo suelto o recogido, sombras y lápiz de ojos, rímel, colorete, barra de labios... Nunca he sido gran fan de los correctores para la piel, esas masas pastosas que unifican las caras en un mismo color sin poros, lunares ni marcas de ningún tipo, como una muñeca feliz. Aunque siempre pudiendo elegir el tono de marrón más o menos bronceado, a juego claro, con las medias.

Sin embargo, esta vez sí usaré un poco. Tengo la piel algo amarilla.

La preparación del hombre en cambio, traje, camisa y una bonita corbata y ya está listo para cualquier evento más o menos formal.

En esta ocasión en particular, he elegido un vestido negro con pequeñas flores rosas muy pálidas, abotonado en el centro y largo hasta la rodilla. Al final he preferido la sencillez y dejar un poco de lado la seriedad del asunto. Me siento más yo misma cuando lo llevo puesto y siempre me ha dado cierta buena suerte, aunque ahora ya no sirva de mucho.

Como calzado, usaré las preciosas sandalias que me regaló mi hermana en mi último cumpleaños. Después de todo, ya no tendré problemas para soportar los tacones, porque estaré acostada todo el tiempo. Espero que al tomar las medidas hayan dejado espacio suficiente en la parte de abajo, sino tendré que ir descalza.

El pelo, he optado por liso y suelto, como lo he llevado casi siempre, como espero que me recuerde mi madre, por mucho que me dijera tantas veces que me lo retirara de la cara pues "no hay peinado más bonito en una mujer que una coleta", un pensamiento tan anticuado como falto de verdad, según mi opinión.

Y por último, un simple adorno, el anillo que me regaló Iago. Me lo llevo conmigo aunque no nos haya dado tiempo a celebrar la boda por culpa de la enfermedad. Es una pena que él se quede y yo me vaya. Ojalá hubiera podido ser de otra manera. Pero no lo ha sido.

Y por fin, creo que ya estoy preparada para mi funeral.
 

No hay comentarios:

Publicar un comentario