Y le creció una
flor en el pelo. Plumas en el sombrero y raíces en los pies.
La postura era
perfecta, de pie en el muelle junto al mar, esperaba, sujetando una sombrilla
blanca. Ya nadie recordaba a qué o por qué esperaba, pero allí seguía
petrificada. Los niños jugaban a su alrededor, se escondían detrás de su falda.
Las madres recortaban trocitos de tela de su ropa para hacer trajes a las
muñecas de sus hijas, y los hombres todavía se giraban a mirar a la mujer de
ojos grandes y expresión ansiosa.
Un pájaro marrón
pasó una tarde entera construyendo su nido en el brazo en alto que sujetaba la
sombrilla. Montoncitos de sal llevada por el viento, corroían su piel haciendo
formas extrañas de sus mejillas antes redondas y su nariz recta.
Muy lentamente,
se fue marchitando, las plumas cayeron y el ala del sombrero se partió en dos,
enredándose en el larguísimo pelo blanco floreado de la ahora anciana. Su
espalda se arqueó, la ropa fue cayendo y la sombrilla perdió todo excepto su
esqueleto.
Llegado el
momento, se cansó de esperar, miró a su alrededor por primera vez en décadas y
se lanzó al mar.
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