Cuando
todo empezó, estaba sentado a la mesa de la cocina comiendo
macarrones con nueces.
Lo
primero que cayó fue el cuadro de la niña con un paraguas morado
que su ex – mujer había comprado en un mercadillo de arte el año
anterior. No era muy grande, pero el ruido del marco al chocar contra
el suelo, lo sobresaltó. Se dirigía hacia el salón a examinar los
daños, pero por el camino le cortó el paso la bombilla del pasillo
soltándose del cable para caer unos centímetros delante de su
cabeza. Si el cuadro había hecho ruido, la bombilla al estallar en
montones de cristalitos había hecho un estruendo espantoso.
Pensó
si debía recoger primero el pasillo o continuar hacia el salón a
ver qué podía haberle ocurrido al cuadro. Pisó con mucho cuidado
para no clavarse nada, curiosa casualidad que tiraba sus cosas al
suelo casi a la vez.
No le
había dado tiempo ni a comprobar por qué se había soltado el
enganche de la pared, cuando los estantes de la librería empezaron a
escurrirse como si nada los sujetase. Caían despacio, no podía
tener que ver con los soportes, simplemente no querían estar ahí.
Los libros se tiraron al suelo, algunos de uno en uno, otros en
grupos. Corrió a cogerlos, a intentar que no cayeran todos, pero
incluso la propia estantería chirriaba, empezaba a ceder, algunos
tomos gordos hacían sonoros bum contra el suelo, pero seguía
recogiéndolos y colocándolos otra vez en su sitio en una tarea sin
fin, mientras empujaba la estantería con el hombro. Al otro lado de
la habitación, la televisión se inclinó despacito hacia delante.
Un fugaz pensamiento sopesó la importancia de los objetos que debía
salvar, así que corrió hacia el televisor, después de todo, podría
recoger los libros en otro momento. Pero sólo consiguió llegar a
tocarlo mientras se desplomaba, haciendo un estruendo que hacía
avergonzar a los ruidos anteriores. Y lo peor, era que mientras
perdía el tiempo intentando salvar la tele, la estantería había
corrido el mismo destino.
El
timbre de la puerta empezó a sonar insistentemente. Un vecino
gritaba fuera señor S.!! abra la puerta ahora mismo, qué
demonios está haciendo, señor S!. También golpeaba la puerta
con los puños, una y otra vez. ¡Ahora no puedo atenderle!
respondió mientras corría a la cocina a coger los platos que caían
del mueble con puertecitas de cristal de encima del fregadero. Los
gritos en la puerta se hacían difíciles de ignorar, pero estaba
demasiado ocupado sujetando todo aquello que creía que podía
salvar.
Otra
bombilla cayó en el pasillo. Alguna en el baño, o en su habitación,
no lo distinguía exactamente. Podría ser un temblor de tierra,
pensó. Pero si fuera así, sentiría algún movimiento de la casa,
no sólo los objetos, y no se quejarían los vecinos, sino que
estarían igualmente asustados en sus propias casas.
Debían
haberse congregado más personas en su puerta, porque oía gritos y
varias voces amenazando con llamar a la policía o a los bomberos
para que tiraran la puerta abajo. Pero mucho no le importaba. Su casa
se estaba deshaciendo de él. O deshaciéndose a sí misma para que
él no la disfrutara. Por qué estás haciendo esto, le gritó,
pero naturalmente, nadie respondió.
Luchó
largo rato por mantener algo en pie, corriendo de un lado a otro
recogiendo lo que podía, como si realmente tuviera alguna
oportunidad, hasta que por fin, desistió. Se quedó mirando cómo su
hogar se autodestruía rápidamente. Estaba tan absorto y
desconcertado, que no se dio cuenta de que la nevera, a su derecha,
cedía también. Desgraciadamente, demasiado cerca de él,
golpeándolo fuertemente como una fichita de dominó, con la mala
suerte de que al caer de lado, empujado por el pesado
electrodoméstico, su cabeza chocó contra la pared, partiéndole el
cuello como una ramita.
Los
vecinos lograron entrar, sí, pero demasiado tarde. Nunca pudieron
entender el caos y la desolación que vieron, ni cómo el señor S.
había muerto sólo en una casa devastada por un ciclón imaginario,
o un terremoto en el 4ºC. Fue tema de conversación durante muchos
meses entre los vecinos, y cada vez que algún amigo o familiar venía
de visita al edificio, era seguro que acabaría conociendo la
historia del hombre que murió atacado por su propia casa.
Curiosamente,
entre tanta destrucción, lo único que permaneció intacto, fue el
plato de macarrones con nueces que el señor S. había dejado a medio
comer sobre la mesa de la cocina, cuando todo empezó.