domingo, 30 de agosto de 2015

Ven

Ven conmigo y jamás estarás solo.

Ven conmigo y no volverás a tener dificultad que no sea nuestra.

Ven conmigo y seremos el mismo centro del universo.

Ven conmigo, pero ven con todo.

O no vengas.

Miedo a la locura

Si me preguntaran cuál es mi mayor miedo, diría que el miedo a perder la cabeza, a perderla del todo. No saber quién soy, de quién es esta mano que escribe. ¿Es real? ¿lo soy yo? ¿Tiene sentido?

A veces me quedo mirando a alguien que me esté hablando y me entra un sudor frío por todo el cuerpo. ¿Quién eres? ¿quién soy yo? ¿estamos aquí de verdad?

Tengo miedo a contarlo, por si me estoy volviendo loca y esto es sólo el principio.

Aunque todavía hay cosas que me tranquilizan.

Sentir el agua, tocar a mi gato. El tacto me da realidad. No confío tanto en el resto de los sentidos, tienen demasiado cerebro. El tacto es más inmediato.

Siento el agua del mar envolviéndome.
Siento pintura en los dedos y cómo resbalan sobre el papel.
Siento los bordes de las uñas recién cortadas.
Siento el aire del ventilador chocando con mi cara.

Estoy aquí y ahora.

Soy yo.

martes, 14 de mayo de 2013

Dos pasos


Me lo contó un día mientras desayunábamos. Ella, zumo de pomelo, yo, café sólo, largo.

Del amor al odio habrá un paso, sí, pero del amor a la indiferencia hay dos, y es peor. 
Siempre supe que tengo una enorme capacidad para la indiferencia, y así se lo hice saber a él, mientras lloraba, mientras lloraba mucho.
Dije que no habría marcha atrás, y ya se que sonaba a amenaza, pero no lo era, no lo era en absoluto. Era pena por saber que era el final. Él decía no llores, quién sabe dónde estaremos mañana, o pasado o el mes que viene. Nos volveremos a encontrar, seguro, tanto que nos queremos, nos volveremos a encontrar y entonces será nuestro momento, seguro.
Y yo lloraba, lloraba mucho, porque sabía que en ese instante terminaba todo, no habrá marcha atrás, repetía, pero seguía sonando a amenaza, aunque no lo era en absoluto.
Cambié la habitación de sitio para que los muebles me miraran desde perspectivas diferentes a lo que lo hacían cuando nos miraban a los dos. Arranqué la costumbre de las paredes y la engañé con colores. Y cuando borré toda tristeza, tiempo después, dos pasos después, sin pasar por el primero porque no es necesario, porque no hace falta, y porque los motivos para odiar duran poco, volvió, volvió como dijo, quién sabe cómo, quién sabe dónde íbamos a estar, pero allí estábamos, mañana o pasado o a saber cuándo. Él queriendo querer, yo queriendo recordar, pero sin saber cómo.
Porque la indiferencia te atrapa, y te atrapa bien, y cuando lo hace ya no te suelta. Y yo ya no lloraba, no lloraba nada.

El café estaba frío cuando quise terminarlo, lo había olvidado.

viernes, 29 de marzo de 2013

Mediocre


Y si lo normal es encontrar personas de sentimientos mediocres.

Prefiero imaginar. Porque, qué es imaginar sino desear sueños con los ojos abiertos.

lunes, 25 de marzo de 2013

Lo que vale la sabiduría


Cuando me dice el precio me quedo parada. Es la semana del descuento del 5% en los libros de bolsillo, explica. Si ya me parecía indigno pagar 5,95 por un destello de la Filosofía Humana, el descuento es insultante. Sí, sé que Camus murió hace demasiado tiempo para que le importen los descuentos de primavera, pero no puedo menos que ofenderme por lo poco que vale la sabiduría comparada con muchas otras chorradas.

Al menos he llegado antes de que cerraran. De vuelta en casa, podré dedicarme a lo que de verdad importa, rellenar con conocimiento una existencia de otra forma, vana. Ya que nada más, dura.

lunes, 21 de enero de 2013

Cualquier momento es bueno para dejar una bañera bien limpia



Una vez tuve un amigo, de esos que no le cuentas a tu madre, de los que ves sólo de noche pero nunca dejas quedarse a dormir en tu casa; que cuando ya teníamos cierta confianza, no hacía falta quedar para cenar y tomar unas copas, sino que podíamos vernos directamente el uno en casa del otro. Una de esas veces, vino pronto, a media tarde, y después de acostarnos – aunque no sé por qué uso la palabra acostarnos porque hubo cualquier cosa menos tumbarse en una cama – de un poco de charla y unas cervezas, se empeñó en limpiarme la bañera.

Y no es que mi bañera estuviera sucia, ni mucho menos, pero me dijo que podía dejarla reluciente como nunca antes la había visto. No negaré que me entró curiosidad, quería verla brillar, así que acepté.

Buscó un supermercado en concreto en google en el móvil, no recuerdo cual la verdad, ni por qué tenía que ir a ese y no a otro, o por qué no le servía el de enfrente de mi casa. Cogió su bici, que había dejado en el portal y se fue a comprar un producto de limpieza.

Me quedé sentada en el sofá sola, bebiendo cerveza. No, no exactamente en el sofá, en el reposabrazos del sofá, esperando. Cuando volvió, un buen rato después, traía dos botellas de Tenn con Bioalcohol. Me quedé un poco perpleja de que no me hubiera preguntado si yo misma tenía alguna en casa, pero preferí no decir nada, después de todo, ya había ido y vuelto.

Y se puso manos a la obra. Lo roció por toda la bañera, me pidió estropajo y el tapón para el desagüe y lo restregó por todas partes con fuerza. Como dejó el tapón puesto, quedó el líquido verde impregnándolo todo y me dijo que debía quedar así al menos una hora.

Ocupamos esa hora otra vez, y como un reloj, volvió a vigilar mi bañera en el momento exacto en que debía enjuagarla y dejarla sorprendentemente blanca.

Recuerdo que pensé que, probablemente para él, que se había criado sólo con su padre porque su madre había muerto cuando era muy pequeño, llegar a la conclusión de que ese limpiador específico, al dejarlo actuar un buen rato sin aclarar daba tan buen resultado, debía ser una manera de compartir algo en cierto modo íntimo conmigo.

No tardó en irse y, como tampoco teníamos demasiado en común, fuimos dejando de vernos bastante rápidamente.

Sin embargo, a veces repito la operación de limpieza tal cual él lo hizo y no puedo evitar pensar que nunca me han vuelto a dejar la bañera tan limpia.

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Desapego

Cuando todo empezó, estaba sentado a la mesa de la cocina comiendo macarrones con nueces.

Lo primero que cayó fue el cuadro de la niña con un paraguas morado que su ex – mujer había comprado en un mercadillo de arte el año anterior. No era muy grande, pero el ruido del marco al chocar contra el suelo, lo sobresaltó. Se dirigía hacia el salón a examinar los daños, pero por el camino le cortó el paso la bombilla del pasillo soltándose del cable para caer unos centímetros delante de su cabeza. Si el cuadro había hecho ruido, la bombilla al estallar en montones de cristalitos había hecho un estruendo espantoso.
Pensó si debía recoger primero el pasillo o continuar hacia el salón a ver qué podía haberle ocurrido al cuadro. Pisó con mucho cuidado para no clavarse nada, curiosa casualidad que tiraba sus cosas al suelo casi a la vez.
No le había dado tiempo ni a comprobar por qué se había soltado el enganche de la pared, cuando los estantes de la librería empezaron a escurrirse como si nada los sujetase. Caían despacio, no podía tener que ver con los soportes, simplemente no querían estar ahí. Los libros se tiraron al suelo, algunos de uno en uno, otros en grupos. Corrió a cogerlos, a intentar que no cayeran todos, pero incluso la propia estantería chirriaba, empezaba a ceder, algunos tomos gordos hacían sonoros bum contra el suelo, pero seguía recogiéndolos y colocándolos otra vez en su sitio en una tarea sin fin, mientras empujaba la estantería con el hombro. Al otro lado de la habitación, la televisión se inclinó despacito hacia delante. Un fugaz pensamiento sopesó la importancia de los objetos que debía salvar, así que corrió hacia el televisor, después de todo, podría recoger los libros en otro momento. Pero sólo consiguió llegar a tocarlo mientras se desplomaba, haciendo un estruendo que hacía avergonzar a los ruidos anteriores. Y lo peor, era que mientras perdía el tiempo intentando salvar la tele, la estantería había corrido el mismo destino.
El timbre de la puerta empezó a sonar insistentemente. Un vecino gritaba fuera señor S.!! abra la puerta ahora mismo, qué demonios está haciendo, señor S!. También golpeaba la puerta con los puños, una y otra vez. ¡Ahora no puedo atenderle! respondió mientras corría a la cocina a coger los platos que caían del mueble con puertecitas de cristal de encima del fregadero. Los gritos en la puerta se hacían difíciles de ignorar, pero estaba demasiado ocupado sujetando todo aquello que creía que podía salvar.
Otra bombilla cayó en el pasillo. Alguna en el baño, o en su habitación, no lo distinguía exactamente. Podría ser un temblor de tierra, pensó. Pero si fuera así, sentiría algún movimiento de la casa, no sólo los objetos, y no se quejarían los vecinos, sino que estarían igualmente asustados en sus propias casas.
Debían haberse congregado más personas en su puerta, porque oía gritos y varias voces amenazando con llamar a la policía o a los bomberos para que tiraran la puerta abajo. Pero mucho no le importaba. Su casa se estaba deshaciendo de él. O deshaciéndose a sí misma para que él no la disfrutara. Por qué estás haciendo esto, le gritó, pero naturalmente, nadie respondió.
Luchó largo rato por mantener algo en pie, corriendo de un lado a otro recogiendo lo que podía, como si realmente tuviera alguna oportunidad, hasta que por fin, desistió. Se quedó mirando cómo su hogar se autodestruía rápidamente. Estaba tan absorto y desconcertado, que no se dio cuenta de que la nevera, a su derecha, cedía también. Desgraciadamente, demasiado cerca de él, golpeándolo fuertemente como una fichita de dominó, con la mala suerte de que al caer de lado, empujado por el pesado electrodoméstico, su cabeza chocó contra la pared, partiéndole el cuello como una ramita.
Los vecinos lograron entrar, sí, pero demasiado tarde. Nunca pudieron entender el caos y la desolación que vieron, ni cómo el señor S. había muerto sólo en una casa devastada por un ciclón imaginario, o un terremoto en el 4ºC. Fue tema de conversación durante muchos meses entre los vecinos, y cada vez que algún amigo o familiar venía de visita al edificio, era seguro que acabaría conociendo la historia del hombre que murió atacado por su propia casa.
Curiosamente, entre tanta destrucción, lo único que permaneció intacto, fue el plato de macarrones con nueces que el señor S. había dejado a medio comer sobre la mesa de la cocina, cuando todo empezó.